Mientras el Mar Argentino continúa siendo uno de los más ricos y productivos del Atlántico Sur.
Los beneficios derivados de esa abundancia natural siguen sin traducirse en desarrollo para el país que ejerce su soberanía.
Lejos de ello, el esquema vigente de explotación pesquera consolida un modelo profundamente desigual, en el que empresas de capital extranjero —con fuerte presencia española y China.
Concentran la renta del negocio, dejando a la Argentina con ingresos marginales, salarios deteriorados y una industria cada vez más frágil.
Problema de vieja data
De acuerdo con deproa. El problema no es nuevo, pero con el paso del tiempo se vuelve más evidente y estructural.
Las compañías extranjeras operan sobre recursos estratégicos nacionales bajo un sistema de derechos, cánones.
Y condiciones laborales anacrónicas, completamente desfasadas de la rentabilidad real del mercado pesquero internacional.
Estos costos obsoletos permiten extraer millones de toneladas de biomasa a valores irrisorios, favoreciendo la fuga de riqueza y desalentando el desarrollo local.
Langostino, calamar, merluza y otras especies emblemáticas del Mar Argentino son capturadas por flotas que responden a intereses foráneos, procesadas en muchos casos fuera del país.
Y luego comercializadas en mercados internacionales con alto valor agregado.
La paradoja es alarmante: productos argentinos sostienen economías pesqueras sólidas en Europa —especialmente en España y china.
Mientras los puertos nacionales padecen desinversión, conflictos laborales y una creciente precarización.
El rol de España
España ha logrado consolidar un entramado industrial, logístico y comercial altamente competitivo a partir de materia prima extraída de aguas argentinas.
Astilleros, plantas de procesamiento, centros logísticos y empleo calificado se multiplican del otro lado del Atlántico gracias a un recurso que no les pertenece.
En contraste, en la Argentina el impacto se traduce en trabajo inestable, salarios ajustados y comunidades portuarias que sobreviven con dificultad.
Este esquema queda expuesto con claridad tras el anuncio de la incorporación del Grupo Iberconsa al Clúster da función loxística de Galicia.
Mientras en Vigo se celebran la optimización logística, la intermodalidad y la competitividad global, la base material de ese crecimiento se apoya en una capacidad extractiva desplegada mayoritariamente fuera de España.
Especialmente en países con regulaciones más flexibles y costos sensiblemente menores.
Iberconsa gestiona más de 40 buques pesqueros que operan en aguas de la Argentina, Namibia y Sudáfrica, además de cinco plantas de procesamiento distribuidas en cuatro países.
Esta estructura le permite capturar más de 80 mil toneladas anuales de productos del mar que luego alimentan un circuito industrial, logístico y comercial centralizado en Europa.
El resultado es un negocio altamente integrado que factura alrededor de 460 millones de euros, con presencia en más de 60 mercados internacionales.
Pero cuyo núcleo económico se consolida en Galicia y no en los países que aportan el recurso.
Paradoja
La paradoja es evidente: la pesca se realiza en el sur global, mientras que el valor agregado, la planificación logística, la digitalización, las certificaciones y la competitividad internacional se concentran en el norte.
Así, mientras Galicia fortalece su ecosistema industrial con infraestructura avanzada y empleo de calidad, en la Argentina el sector pesquero continúa atado a salarios deprimidos.
Incentivos fiscales desactualizados y una escasa política de industrialización en origen.
Incluso los sellos de sostenibilidad y calidad que exhiben estas compañías, como las certificaciones MSC o IFS, contrastan con una realidad donde la sustentabilidad económica y social de los países dueños del recurso queda relegada.
El pescado argentino, capturado por flotas extranjeras y procesado en parte fuera del país, termina siendo el insumo que consolida cadenas de suministro modernas en Europa, mientras los puertos nacionales pierden protagonismo.
El país dueño del recurso observa cómo su mar es explotado sin una contraprestación justa. La renta se fuga, el valor agregado se exporta y el desarrollo queda en manos ajenas.
Mientras tanto, trabajadores y trabajadoras del sector marítimo pagan el costo de un sistema que prioriza la ganancia extranjera por sobre el interés nacional.
La pregunta ya no es si este modelo es injusto, sino hasta cuándo la Argentina seguirá permitiendo que su riqueza marítima financie el crecimiento de otros países.
Mientras el propio permanece cada vez más empobrecido, dependiente y relegado en su propia casa.