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Entre agujas y mallas: La vida dentro de los talleres donde se “fabrica” la pesca de Rawson

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El taller no espera. Apenas se cruza la puerta que divide la oficina de ingreso con el galpón, el ritmo deja claro que no hay margen para distracciones. Agujas que van y vienen, mallas extendidas sobre el piso, manos jóvenes pero curtidas que revisan, ajustan, cortan y vuelven a unir. En plena temporada, Rawson no solo se activa en el muelle: también lo hace en estos espacios menos visibles y fundamentales donde se reparan y construyen las redes que capturan al langostino. Ahí, lejos del mar pero atados a su pulso, trabajan los “artesanos” de las artes de pesca.

Nuestra llegada apenas altera la dinámica. El trabajo continúa. No hay tiempos muertos cuando el langostino entra, aunque lo haga de manera irregular, porque la flota amarilla y artesanal necesita redes listas para volver al agua.

Transitamos el cierre de enero y la pregunta es inevitable: ¿cómo viene la temporada? “Para nosotros, muy bien. Mucho trabajo”, responde sin rodeos Luis Giorgetti, propietario del taller que lleva su nombre. El movimiento de la flota, irregular pero intenso y se traduce directamente en más horas de taller.

Desde su lugar, Giorgetti describe un escenario particular del caladero, donde el langostino aparece disperso, con jornadas de mucha actividad y otras casi nulas. Esa dinámica impacta de lleno en el negocio. Un día se pesca y al siguiente no; la red baja, algo no funciona como debería y hay que desarmar, revisar y volver a armar. Aunque no se detecten roturas evidentes, el trabajo está. “Estamos todos en la fiebre del langostino”, resume.

Las cifras de su empresa reflejan ese ritmo. En promedio, se reparan cinco redes por día, aunque hay jornadas en las que ingresan siete y se acumulan. Las redes nuevas se fabrican, muchas veces, en turno nocturno. “Hacemos turno de noche para poder cumplir. Taller cerrado”, explica. La semana anterior construyeron cuatro redes nuevas; esta, tenían tres más en agenda hasta que decidieron bajar un cambio. “Todo el día con la aguja es matador”.

Hoy trabajan doce personas en el taller de Puerto Madryn y seis en Rawson. La mayor demanda se concentra en Chubut, especialmente por la presión que ejerce la flota de Rawson sobre las redes, pero el alcance es amplio; Mar del Plata, Río Negro, Caleta Olivia. Este año, incluso, se sumaron trabajos vinculados al calamar para flota arrastrera. La lectura es clara, donde hay pesca, hay redes que reparar.

El oficio cambió con el tiempo. Giorgetti recuerda cuando las redes se tejían con hilo de algodón y cada pocas semanas se desarmaban para darles un baño de tanino. Las boyas eran de vidrio y se les tejían fundas para amortiguar los golpes. “El abuelo tejía la funda de la boya”, dice describiendo la escena de otro tiempo.

Hoy el material dominante es el Dyneema, una fibra ultrarresistente que revolucionó las artes de pesca. Más liviana, más durable y con mayor poder de captura. Redes que antes duraban una temporada hoy pueden resistir hasta siete. Al principio, el costo generó resistencia, pero la durabilidad terminó imponiéndose. También hubo cambios asociados a la certificación MSC del langostino en Chubut, que exigió mejoras y adaptaciones en las artes de pesca. “Nosotros fuimos un piñoncito dentro de una corona enorme”, grafica.

De cara a lo que viene, febrero aparece con expectativas moderadas en provincia y marzo abre interrogantes en aguas nacionales. Ya hay consultas por redes que se preparan incluso antes de que el barco zarpe, una señal de cómo el taller trabaja siempre un paso adelante de la temporada.

Pero más allá del volumen de trabajo, hay una preocupación que atraviesa toda la actividad y es la pérdida del oficio. “No hay gente”, dice Giorgetti sin rodeos. La idea es organizar, una vez finalizada la temporada, cursos de formación para nuevos rederos, posiblemente en articulación con la Escuela de Pesca. El interés inicial existe, pero la permanencia no. “De treinta que se anotan, te quedan cinco o seis. Y de todos los cursos que hicimos, hoy tenemos dos chicos trabajando”.

La falta de continuidad laboral aparece como uno de los principales obstáculos. En temporada, el trabajo es intenso; fuera de ella, la demanda baja un poco y no todos logran sostenerse. También pesa el cambio cultural: “Hoy muchos van por el dinero, no por el oficio. El marinero con vocación se perdió”, reflexiona.

Mientras tanto, el taller sigue. Las redes esperan, la aguja no descansa y Rawson, en plena zafra, confirma que la pesca no empieza ni termina en el mar.

Fuente: Pescare