La marinera Paola Rodríguez Donn relató en la rutina de la pesca de langostino, la carga física del oficio y la discriminación que describe como constante en un ámbito que todavía resiste cambios.
En la pesca, el día no empieza con el amanecer sino antes, cuando todavía falta luz y ya hay equipos que entran al agua. Esa idea, que para muchos suena lejana, aparece como rutina en el testimonio de Paola Rodríguez Donn, marinera vinculada a la pesca de langostino, quien habló en el programa #MODO17 por #LA17 sobre su vida laboral, las reglas prácticas que imponen las mareas y el modo en que el mar condiciona todo, incluso la vida familiar.
Rodríguez Donn explicó que en el puerto de Rawson la temporada de langostino tiene un ritmo intenso y acotado, con una duración aproximada de tres meses. En ese período, el trabajo se vuelve casi total y la organización cotidiana cambia de escala, porque el cuerpo y la cabeza quedan sujetos a jornadas largas, clima y decisiones rápidas. “Antes del amanecer ya tenemos que largar los equipos al agua, las redes”, describió, y ubicó ahí el punto de partida de una jornada que puede estirarse mucho más de lo previsto.
El mar no marca solo el esfuerzo físico, también impone una lógica horaria rígida, ligada a entradas y salidas del puerto. “Se trabaja mucho con las mareas”, dijo, al explicar que el horario de regreso depende de la pleamar: si el agua no acompaña, el barco queda afuera y el plan del día se rompe. Esa dependencia, poco visible para quienes consumen el producto final en una góndola o un plato, define una parte decisiva del oficio.
En la charla también apareció el recorrido del langostino chubutense fuera del país, un camino que en la docuserie Captura Salvaje se muestra como parte del circuito completo. Rodríguez Donn habló del “curso” del langostino salvaje y de cómo el trabajo en Rawson termina en mercados de alta demanda. La mirada, sin embargo, no se quedó en lo exportable, sino en lo que el sector guarda puertas adentro: presiones laborales, convivencia en espacios cerrados y una cultura de trabajo con jerarquías fuertes.
Consultada por situaciones de hostilidad, Rodríguez Donn afirmó que la discriminación atravesó su historia laboral y que en el ámbito pesquero se siente con mayor intensidad. “La discriminación fue constante durante toda mi vida”, expresó, y agregó una idea que repitió con énfasis: “No debería de serlo”. Su testimonio corrió el foco de la “rareza” de una mujer a bordo hacia la normalización de un trato que ella misma señala como injusto.
El origen de su decisión de embarcarse aparece ligado al vínculo con el mar y a una historia familiar: mencionó a su abuelo pescador artesanal y recuerdos de Bahía Blanca e Ingeniero White, en un contexto donde amigos suyos empezaban a navegar. Dijo que intentaron frenarla y que esa negativa funcionó como motor. “Me dijeron que no. Dije no, me dicen que no, sí va a ser”, contó, con una frase que resume su forma de plantarse en un ambiente que describió como áspero.
Su camino laboral no quedó anclado en un solo puerto. Rodríguez Donn relató experiencias en la pesca de merluza en Río Dey y temporadas en San Antonio Oeste, además de salidas desde Mar del Plata, según la pesca y el momento del año. Esa itinerancia, típica del sector, trae oportunidades pero también inestabilidad: se trabaja donde aparece la marea laboral y donde el calendario de capturas habilita embarques.
En cuanto a la posibilidad de crecer dentro de la actividad, contó que muchas personas le preguntan por qué no se forma como capitana, pero describió barreras concretas. Explicó que la capacitación requiere tiempo y traslado a Mar del Plata, y que eso implica mover la vida de su familia. “Tengo un hijo de 11 años y tendría que cambiarlo de escuela, llevármelo conmigo”, explicó, al mostrar que el “ascenso” no se define solo por ganas, sino por logística familiar y recursos.
Rodríguez Donn también mencionó la existencia de mujeres en roles jerárquicos dentro de la actividad y citó como referencia a Nancy Jaramillo, de quien dijo que oyó hablar mucho. Su conclusión fue que hay maquinistas y capitanas, aunque siguen siendo poco visibles. “Nos vamos a tener que visibilizar un poquito más”, sostuvo, y relacionó esa visibilidad con la posibilidad de que cambie el trato y la mentalidad dentro del sector.
En un tramo más áspero de la charla, afirmó que percibe un deterioro en la convivencia y en el compañerismo respecto de años anteriores. “Ahora es peor”, dijo, y lo asoció a cambios de valores y a un clima de trabajo más duro. También aportó una mirada económica: sostuvo que la plata ya no rinde como antes y que la diferencia con un empleo en tierra se achicó, salvo que se complete la temporada entera de Rawson, con trabajo continuo.
La entrevista cerró con una idea personal sobre el futuro, que dejó ver el vínculo emocional con el mar más allá del desgaste físico. Rodríguez Donn dijo que el trabajo es pesado y que el cuerpo en algún momento no acompaña, pero que no se imagina “retirarse” del mar. “Me veo de vieja con una tabla, surfeando en la playa”, afirmó, como proyección de una vida donde la pesca aparece como oficio, presión y también pertenencia.