Por las paredes de su casa cuelgan fotografías amarillentas, títulos náuticos, cuadros de mar y barcos, mapas de navegación y recuerdos de una vida entera ligada al agua. Cada imagen es una puerta hacia una historia. Y todas conducen al mismo lugar, la pesca.
«Uno nace arriba de un barco», dice Enrique Russo mientras señala una vieja fotografía familiar.
No es una metáfora. La historia de los Russo está unida a la ría desde hace más de cien años.
Todo comenzó con su abuelo, Pascual Russo, un inmigrante que llegó a la Argentina en 1906 y se instaló en la zona de Ingeniero White. Apenas desembarcó encontró su destino en el mar.
“Nunca abandonó la pesca y terminó convirtiéndose en uno de los fundadores de la cooperativa pesquera local, creada en 1943 para organizar una actividad que hasta entonces estaba atravesada por disputas y desorden”, afirma Enrique Russo.

Su hijo Alberto Russo -padre de Enrique-, nacido en 1925, siguió el mismo camino. También pescaban sus hermanos Vicente y Pascual. La familia entera giraba alrededor de las lanchas, los muelles y las mareas.
Enrique heredó ese mundo desde muy chico. Durante los veranos, cuando apenas tenía diez años, su madre, Teresa, lo enviaba al Riacho Sur. Allí aprendió a convivir con el trabajo, el viento y los tiempos del mar.

Sin embargo, antes de convertirse definitivamente en pescador, exploró otros caminos. Estudió mecánica, se formó en motores térmicos, trabajó en talleres, en Ford y en dragas. Incluso tuvo su propio taller y hasta fue bombero voluntario (foto). Pero el mar siempre terminaba llamándolo de vuelta.
«Como no sabía cobrar, me fui a la pesca», asegura entre risas.

Su historia también puede seguirse a través de las embarcaciones familiares. Están la Julia, el Whitense, Malvinas y, más tarde, la Virgen del Valle, que volvió a comprar en 1984. Luego llegaría Giardini, adquirido en Mar del Plata en 1996 por 50 mil dólares.


Fotos conservadas en un álbum muestran, también, algunas de las capturas más impresionantes de su trayectoria. En una de ellas aparecen 119 cajones repletos de mariscos.
«Los pesqué en un viaje de día por medio en tres mareas. Fue frente a la costa de La Península Verde, donde está el Faro El Rincón, uno de los sectores que los pescadores conocen de memoria. Son lugares que no aparecen en los mapas turísticos pero que forman parte de una geografía íntima construida durante generaciones. Tenemos todos esos sitios marcados; sabemos dónde está cada pieza y conocemos la ría y los lugares aledaños», remarcó Enrique.
Fue, según afirma, la pesca más grande de su vida.
“Para llegar hasta algunos puntos de trabajo navegaba cinco horas atravesando canales, islas y bancos de arena. Mucho antes del GPS y de los navegadores electrónicos, las referencias eran palos clavados en el agua, mareas y conocimientos transmitidos de padres a hijos”, cuenta.
Las viejas fotografías también muestran otro tiempo. Aparecen embarcaciones de la década de 1930, cuando muchas lanchas todavía utilizaban velas para navegar.
«Mi abuelo llevaba la canoa abajo y andaban a vela”, sostiene.
En una imagen tomada en 1936 todavía pueden distinguirse sectores completamente despoblados de la costa. En otra aparece una expedición de pesca de tiburones en la isla Bermejo.
La vida de Russo no se limitó al trabajo en el mar. Obtuvo el título de Oficial de Tercera de la Marina Mercante y más tarde el de Oficial Fluvial, habilitaciones que le permiten comandar embarcaciones de gran porte.
También fue protagonista de la organización de los pescadores artesanales. En el año 2000 impulsó la creación de la Cámara de Pescadores de la Ría de Bahía Blanca, en medio de los conflictos generados por el aumento del tránsito de grandes buques.
Años después participó en la fundación de la Cámara de Propietarios de la Ría de Bahía Blanca y Bahía Unión, defendiendo los derechos históricos de los trabajadores del sector durante la creación de áreas protegidas y reservas naturales.
Como si todo eso fuera poco, también tuvo una pescadería. La bautizó “Bahipez”, un juego de palabras nacido casi por casualidad. Durante más de quince años el comercio funcionó en la ciudad abasteciéndose con mercadería llegada desde Mar del Plata.

La experiencia acumulada durante décadas en el agua llevó a Enrique Russo a involucrarse también en la defensa de la actividad pesquera. Su conocimiento de la ría, de los canales y de las zonas de trabajo lo convierten en una voz respetada entre los pescadores artesanales de la región.
A comienzos de los años 2000, cuando el crecimiento de la actividad portuaria y el tránsito de grandes buques comenzaron a generar tensiones con la pesca artesanal, Russo participó en la creación de la Cámara de Pescadores de la Ría de Bahía Blanca. La entidad nació en medio de reclamos por los espacios de navegación, las áreas de pesca y el impacto de distintas obras sobre la actividad tradicional.
«Cuando empezó todo el lío con los barcos fue necesario organizarse para defender los intereses de quienes trabajaban en la ría”, aclara.
Años más tarde, en 2007, impulsó la creación de la Cámara de Propietarios de la Ría de Bahía Blanca y Bahía Unión. La iniciativa coincidió con el proceso de creación de la Reserva Natural de San Blas y la discusión sobre los límites de las zonas de pesca.
Desde ese ámbito trabajaron para que quedaran reconocidos los derechos históricos de los pescadores que desde hacía generaciones utilizaban esos sectores para desarrollar su actividad.
“Los mapas que conservo en mi casa muestran buena parte de esa tarea. En ellos aparecen delimitadas las aguas internas y externas de la ría, los canales de navegación, los sectores habilitados para la pesca artesanal y las áreas que fueron modificándose con el paso de los años”, resalta con autoridad.
Russo conoce esos lugares de memoria. Durante décadas navegó hasta cinco horas para llegar a los puntos de pesca ubicados frente a la costa de Bahía Unión y la zona de El Rincón. Mucho antes de la llegada de los GPS, las referencias eran las mareas, los bancos de arena y algunos palos que señalaban los pasos seguros entre los canales.
“Ese conocimiento práctico del territorio fue el que trasladé luego a las instituciones que ayudé a fundar. Para mí la defensa de la pesca artesanal no era una cuestión burocrática sino la continuidad natural de una historia familiar que había comenzado con mi abuelo Pascual Russo a principios del siglo XX”, detalla.
También hizo mención al logro obtenido respecto de la desovación (proceso mediante el cual los peces, anfibios, moluscos, crustáceos y reptiles como las tortugas marinas liberan sus huevos o huevas al medio ambiente para su posterior fecundación y desarrollo) de las especies afuera de la ría, en un área de influencia que abarca desde Claromecó hasta Bahía Blanca.
«Los barcos de Mar del Plata pescaban sobre la costa y arrasaban con todo; entonces se logra establecer la Veda del Rincón, que resultó buena para recrear esa pesca en toda esa zona costera. Se logró establecer una protección, pero hubo que luchar mucho para llegar a eso; primero a las 5 millas y luego la denominada Veda del Rincón, que resultó fundamental porque permite la desovación de las especies y, con esto, que lugares como Monte Hermoso y Pehuen Co pudieran recuperar su esencia, la de tener buena pesca», relata.
La reconstruyó con sus propias manos
Entre todas las embarcaciones que pasaron por su vida, hay una que ocupa un lugar especial en la memoria de Enrique Russo y que lleva la denominación de Giardini.
La compró en Mar del Plata en 1996. La embarcación, que medía 13,85 metros, llegó prácticamente desarmada a Ingeniero White.
“El número no era un detalle menor. El 13 siempre me había acompañado en mis historias. Había comprado un terreno un día 13, jugué al básquet con la camiseta número 13 y hasta conservo innumerables coincidencias ligadas a ese número. Por eso, cuando pude ver que la eslora original marcaba 13,85 metros, le pedí a uno de los hombres que posaban para una fotografía que tapara el cero de la cifra ‘130’ para que en la imagen quedara solamente el 13″, explica.
«Siempre estuvo conmigo. La lancha fue cargada en un carretón y trasladada desde Mar del Plata hasta White. La compré el 14 de junio de 1996 con una seña. El 2 de julio fue colocada sobre el transporte y un día después llegó al muelle de Ingeniero White. Allí, junto a mi hijo Gustavo (tenía 18 años), mi señora y mi hija (Vanina) comenzó una transformación que se convertiría en una verdadera obsesión», remarca.
“La embarcación llegó desarmada. La reconstruí prácticamente con mis propias manos. Hicimos de todo, un poco de carpintería, pintura, mecánica y, al mismo tiempo, había que salir a pescar», dice Enrique con orgullo.
“Al viejo motor Garnet inglés de tres cilindros, que había impulsado durante años al Giardini terminó siendo reemplazado por un Mercedes Benz 1518 adquirido cero kilómetro en la concesionaria Fangio. La adaptación mecánica corrió por mi cuenta, porque tenía los conocimientos acumulados durante años de trabajo en talleres y embarcaciones”, admite emocionado.