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La planta de langostino instalada en Paraguay que debió construirse en Chubut

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De la Patagonia al Paraná: Por qué la millonaria planta de langostinos de Hohenau debió haberse quedado en Chubut

​La reciente inauguración de la moderna planta procesadora de langostinos de la firma South Atlantic Company en el Parque Industrial de Hohenau, Paraguay, ha sido celebrada con justa razón en el país vecino. Una inversión que ronda los 35 millones de dólares, la creación de más de 400 empleos formales (principalmente destinados a mujeres de la región de Itapúa) y una capacidad para procesar 600 toneladas de productos marítimos representan un hito histórico para una nación sin litoral marítimo.

​Sin embargo, detrás del entusiasmo paraguayo subyace una paradoja incómoda y alarmante para la economía argentina: la materia prima de esta planta cruzará miles de kilómetros en camiones desde las costas de Chubut para ser procesada y exportada al mundo desde el corazón de Sudamérica.

​Este escenario obliga a formular una pregunta crítica para los tomadores de decisiones y los sectores productivos nacionales: ¿Por qué una planta diseñada específicamente para añadir valor al langostino patagónico se construyó a orillas del río Paraná y no en Rawson, Puerto Madryn o Comodoro Rivadavia?

​La respuesta no radica en la disponibilidad del recurso —el langostino es legítimamente argentino— sino en las condiciones del entorno de negocios. Los inversores extranjeros (en este caso, capitales españoles asociados en el proyecto) han sido explícitos al fundamentar su decisión: Paraguay ofrece una combinación de costos operativos notablemente inferiores, un régimen fiscal sumamente competitivo (bajo el amparo de herramientas como la Ley de Maquila), tarifas de energía eléctrica sustancialmente más bajas y, por sobre todas las cosas, previsibilidad laboral y estabilidad económica.

​Chubut posee ventajas geográficas y logísticas insuperables para este rubro. El procesamiento en origen no solo eliminaría la enorme huella de carbono y los costos de fletes asociados al traslado terrestre de miles de toneladas de crustáceos congelados a lo largo de más de dos mil kilómetros, sino que además garantizaría un estándar de frescura óptimo y directo desde el caladero. Una planta de esta envergadura en territorio chubutense habría significado 400 puestos de trabajo genuinos para familias patagónicas, mayor arraigo, desarrollo de proveedores locales e ingresos directos por exportaciones con valor agregado para las arcas provinciales.

​Lamentablemente, la presión impositiva, la constante volatilidad macroeconómica y los recurrentes conflictos de encuadre sindical o laboral que suelen jaquear a las plantas pesqueras en el sur del país terminan actuando como un poderoso repelente para las inversiones de largo plazo. El caso de Hohenau es un llamado de atención ensordecedor. Demuestra que poseer el recurso natural ya no es suficiente para asegurar la industrialización en el siglo XXI; si el entorno local asfixia la competitividad, los capitales migrarán hacia donde encuentren condiciones óptimas, transformando a la Argentina en un simple proveedor de materia prima en bruto para que otros paísen generen el empleo y la riqueza.

​La planta de langostinos de Hohenau debió haber estado en Chubut. Para que la próxima inversión de esta escala se quede en suelo patagónico, será indispensable revisar con urgencia las políticas fiscales, los costos energéticos y los marcos de seguridad jurídica que hoy expulsan los frutos de nuestro propio mar hacia fronteras ajenas.