Chubut Pesca

El día que el lobista judicial Diego Martínez Zapata logró un fallo a su favor en la justicia en contra de un vecino que le dijo que era un chorro

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La justicia de Chubut: manga ancha para los poderosos y el lazo corto para el laburante.

​Dicen en el campo que el hilo siempre se corta por lo más fino y que hazte fama y échate a dormir.

En los pasillos de los tribunales de Trelew, parece que la taba volvió a caer del lado de los de siempre. La condena en 2019 que el juez Carlos Faiella Pizzul le clavó a un empleado judicial por putear y escrachar en Facebook al exfiscal de Estado Diego Martínez Zapata no sería otra cosa que una avivada judicial para callar a la gente y cuidar a la casta y sobre todo al «Dasnevismo» ese que se robó todo.

​Para muchos vecinos de a pie y juristas, este fallo no buscó hacer justicia, sino meter miedo. Un claro mensaje para que el ciudadano común agache la cabeza y no se anime a señalar con el dedo a los que ellos conocen muy bien. Este mismo mecanismo utilizó el poder con sus medios amigos ensuciando a los que denunciaban corrupción y ponderando a los corruptos.

Sería, ni más ni menos, que usar el mazo de los jueces para disciplinar al pueblo: el que abra la boca contra un exfuncionario, un lobista, un corrupto que prepare el bolsillo.

​Acá es donde salta la liebre. En Chubut todos nos conocemos la cara y sabemos de qué pata cojea cada uno. Martínez Zapata no es ningún recién llegado ni un inocente carmelita descalzo: fue parte central del gobierno dasnevista, integrante dilecto de aquellos autodenominados “jóvenes brillantes” que manejaron la provincia en la época donde se destaparon los mayores escándalos de corrupción que fundieron las arcas públicas, con causas como El Embrujo y Revelación que todavía nos duelen a todos los chubutenses. Todavía circulan los audios se Martinez Zapata y Diego Correa que sacan a la luz como se manejaban con la justicia.

​Es verdad, Martínez Zapata zafó y no tiene condena penal, pero el que se acuesta con chicos amanece mojado, a otros que se acuestan con chicos se los llaman pedofilos.

¿Cómo no va a haber bronca en la calle?

¿Cómo pretenden que el laburante no mastique rabia cuando ve a los exfuncionarios pasearse en autos importados, mansiones, y quedarse con acciones o negocios en la industria de la pesca como Alberto Gilardino o Chito Alarcon con su planta pesquera clandestina mientras los hospitales y escuelas provinciales se caen a pedazos?

​Ahí es donde el juez debió haber puesto la lupa. En vez de entender la calentura legítima de un pueblo harto de la impunidad, el magistrado habría preferido atender el teléfono del lobby tribunalicio y darle una mano a quien camina los pasillos judiciales como por el patio de su casa porque quedaron enquistados por Das Neves.

​Bien decía el Martín Fierro: la ley es como el telar, nunca la inventó el tejedor para cobijar al pobre. Para el empleado de a pie, cayó todo el peso del Código; para el exfuncionario con amigos influyentes, una indemnización para limpiarle la imagen, una imagen que jamás podrá limpiar porque en la «negociación» con Alvarez Castellano quedó bien en claro que va por la suya y que le importa un bledo el trabajador de la pesca.

En Chubut, pareciera que la justicia sigue siendo el ojo de la aguja por donde no pasa el camello, pero sí pasa el que tiene amigos en el poder o quién hace lobby judicial.