La reciente expedición del empresario pesquero Raúl “Tato” Cereseto a las Islas Malvinas ha puesto nuevamente sobre la mesa un debate crucial para la soberanía y la economía nacional. El viaje, realizado entre el 11 y el 18 de abril, tuvo como eje central el estudio del complejo sistema pesquero que sostiene el esquema económico de las islas y su interacción con los recursos del Mar Argentino.
Esta investigación, coordinada por la Fundación Latinoamericana de Sostenibilidad Pesquera (FULASP), buscó recolectar datos precisos sobre la infraestructura industrial, el régimen de licencias y el efecto ambiental de la actividad en la región. Cereseto, figura clave del sector y creador del Foro PescAR, mantuvo encuentros con diversos actores locales para desglosar cómo opera este engranaje financiero y extractivo.
La dependencia económica del mar
Tras su estancia, el diagnóstico de Raúl Cereseto fue tajante: la actividad pesquera constituye el motor principal de las islas, representando entre el 65% y el 75% de su economía. Según los datos recopilados por Deproa, esta industria genera ingresos anuales que rozan los mil millones de dólares, fundamentados principalmente en la captura de especies migratorias.
El relevamiento de FULASP destaca que el sistema de licencias otorgadas por la administración isleña recauda aproximadamente 39 millones de libras esterlinas cada año. Para el empresario chubutense, esto representa una «ocupación efectiva del mar» que trasciende la disputa diplomática, convirtiéndose en un desafío estratégico permanente para Argentina.
Extracción vs. Industrialización
Un punto crítico que analizó el referente del sector es la naturaleza del modelo malvinense. A diferencia del sistema argentino, que posee una estructura de procesamiento y valor agregado, el esquema en las islas es netamente extractivo.
“Se vende la cuota, los barcos pescan y el recurso se va. No existe una industria transformadora”, explicó Cereseto al contrastar ambos modelos.
Esta dinámica no solo afecta lo económico, sino que genera una señal de alerta ambiental. La sobreexplotación de especies como el calamar Illex, la merluza y el bacalao de profundidad pone en riesgo el equilibrio biológico del Atlántico Sur. De hecho, la reciente suspensión de campañas de calamar Loligo por falta de biomasa es un síntoma claro de este agotamiento del recurso.
Hacia una nueva política marítima
Para Raúl Cereseto, la respuesta de Argentina debe ir más allá de la protesta cartográfica. El empresario sostiene que la soberanía se ejerce a través del uso efectivo y responsable de los recursos. En un contexto de crisis de competitividad para la flota nacional —marcada por altos costos operativos y la presión de la milla 201—, su mensaje llama a una acción más proactiva.
Finalmente, FULASP ha confirmado que estos hallazgos serán presentados ante la Cancillería, el MERCOSUR y diversos organismos internacionales para denunciar el impacto ecológico y económico que este modelo extractivo genera sobre el patrimonio natural de la región.
